Se pasaron tres pueblos: un femicidio por cada uno

Se pasaron tres pueblos: un femicidio por cada uno

Por Juliana Avila

“Se pasaron tres pueblos” acusan desde los espacios que en algún momento se presentaron como compañeros, como si la avanzada ultraderechista a nivel mundial y regional fuera exclusivamente culpa nuestra, de las mujeres.

Mientras tanto, en los sectores conservadores de la política nacional defienden a capa y espada que el rol de las mujeres está destinado al hogar, a que se nos caigan las uñas de tanto limpiar, a parir hijos sin descansar y después dedicar toda una vida a criarlos, mientras el marido sale a laburar, porque ni se te ocurra ser mujer y encima querer trabajar.

Hasta ayer sabíamos que desde enero a la actualidad, en Argentina se habían asesinado 164 mujeres, y eso sin contar los femicidios que no son registrados. Bueno, el número ya quedó viejo.

Tres femicidios en otra provincia, una adolescente y dos mujeres jóvenes. Tres femicidios que las noticias presentan con el modus operandi de siempre: revisar sus vidas personales hasta que encuentren algo que le sirva a toda esa carroña para echarle la culpa a las víctimas.

Nos cansamos de decirlo pero parece que en este país hay memoria de corto plazo: las mujeres no desaparecen porque sí y un cuerpo no aparece desmembrado, violado, masacrado, golpeado o incinerado por arte de magia. 

Las mujeres son desaparecidas, y las mujeres son desmembradas, violadas, masacradas, golpeadas e incineradas porque hay tipos que saben que pueden hacerlo, que cuentan con un sistema judicial, político y social que siempre los apaña, que siempre encuentra la forma de que el foco esté puesto en nosotras, en un “algo habrán hecho” susurrado por abajo hasta que la gente empieza a repetirlo.

La vida de una está condenada desde el útero. Naces, creces y dependiendo de la vida que llevas es la justificación que van a usar cuando te pase algo en algún momento de tu vida, porque si hay algo que aprendemos desde que somos chicas, en nuestra primera socialización, es que en cualquier momento y en cualquier lugar nos pueden violar, nos pueden desaparecer, nos pueden matar.

Mientras tanto, mientras en otra provincia -que bien podría ser la nuestra porque la violencia de género no entiende de fronteras- desaparecen y matan a tres mujeres, una ciudad del interior de Entre Ríos es tapa de noticia en medios nacionales e internacionales porque resulta que volvió el humor misógino de los noventa en donde el chiste reside en matar mujeres “porque son muy hincha pelotas”.

Y encima, como si eso no fuera poco, tenemos que bancarnos que nos tilden de pesadas, de exageradas, de infla huevos porque cómo se te ocurre marcar que matar mujeres no es chistoso, sino una realidad tan impregnada en nuestro suelo que se termina colando en cada espacio de esta tierra.

Pensemos en el azar de no saber si esta vez te va a tocar a vos, a tus amigas, a las mujeres de tu familia o la desgraciada va a ser otra, una desconocida.

Pensemos en cuántas salen a laburar o estudiar con el miedo latente de no volver a su hogar, pensemos en los hijos de put* que hacen con nuestras vidas lo que quieren porque total quién los va a castigar, pensemos en la facilidad con la que se culpa a las víctimas por estar en un lugar.

Pensemos en lo fácil que es ser violento, violador, femicida, golpeador, padre abandónico, ausente o deudor. Cada vez que se denuncia a un varón nos tildan de hijas de put*, cómo se te ocurre arruinarle así la vida al pobre tipo que es una persona ejemplar, tirándose sin pensar sobre la granada porque de eso se trata el pacto de masculinidad.

Pensemos en cómo todas, cada mujer de esta ciudad, de esta provincia y de este país conoce a otra mujer que pasó por una situación de violencia, pero ninguno de ellos tiene un amigo, familiar o conocido que es violento. No nos dan los números.

Cómo nos gustaría que a los varones que nos rodean, aquellos que dicen que nos aman y que nos quieren cuidar, les crezcan un par de pelotas y empiecen a ver la realidad. No puede ser que maten a tres mujeres como quien va a comprar un kilo de pan y no les conmueva porque ellos no las conocían.

Pensemos en cómo puede ser que nosotras estemos angustiadas, temiendo por la vida de las mujeres que amamos pero también de aquellas que no conocemos, que el “avisame cuando llegues” sea una costumbre que adquirimos desde que somos chiquitas, y que ellos cada noche se vayan a dormir tranquilos, sin preguntarse cuál mujer es la que esa noche no vuelve a su hogar.

Siguen “apareciendo” cuerpos de mujeres mutiladas, como les gusta decir a los medios carroñeros de comunicación. Crecen las listas de desaparecidas, en cada marcha hay nuevos carteles con nuevas caras y nuevos nombres con la palabra Justicia abajo, crecen las denuncias, crecen las ausencias en la mesa, en las rondas de amigas, en la vida cotidiana, en el día a día.

Sin embargo, el mundo sigue funcionando igual que hace décadas, y las mujeres no nos podemos quejar porque ya podemos votar, ¿no? ¿Qué otros derechos quieren ahora estas pesadas?

Pueden seguir echándonos la culpa de todo porque estamos acostumbradas. El ministro de justicia puede seguir diciendo que las mujeres usamos el femicidio para tener privilegios y queriendo sacar la figura legal del código penal, los que supieron ser aliades pueden seguir diciendo que ganó Milei por culpa nuestra, los machitos de la batalla cultural pueden seguir diciendo que ya no se puede hacer nada y que nos pasamos de exageradas y que a las minas hay que meterlas de nuevo en la casa para que aprendan cuál es su lugar.

Mientras todos ellos se enroscan viendo qué jugarreta pueden hacer para que nuestras vidas valgan un poco menos que ayer, nosotras estamos viendo cómo hacer para que a los tipos les entre en la cabeza que nos violan, nos violentan y nos matan por el simple hecho de existir.

Retomando un cartel que siempre está presente en las marchas, en cualquier ciudad: ¿a qué mujer de tu vida tienen que matar para que la violencia de género te preocupe de verdad?